Mosaico con representación de la caza del jabalí y las Cuatro Estaciones procedente de la Villa del Hinojal (Dehesa de las Tiendas, Mérida). Archivo MNAR.

El mundo rural romano

Mosaico con representación de la caza del jabalí y las Cuatro Estaciones procedente de la Villa del Hinojal (Dehesa de las Tiendas, Mérida). Archivo MNAR.
Mosaico con representación de la caza del jabalí y las Cuatro Estaciones procedente de la Villa del Hinojal (Dehesa de las Tiendas, Mérida). Archivo MNAR.
Sarcófago  procedente de  Reguengos de Monsaraz (Évora, Portugal). Museu Nacional de Soares dos Reis – Porto. Exposición Lusitania Romana. Archivo MNAR.
Sarcófago procedente de Reguengos de Monsaraz (Évora, Portugal). Museu Nacional de Soares dos Reis – Porto. Exposición Lusitania Romana. Archivo MNAR.

La villa se concebía como una unidad autosu­ficiente que producía lo que los habitantes de la hacienda (dominus, siervos y esclavos) necesitan para vivir. Las actividades eran muy variadas. Mientras el señor se dedicaba al ocio y actividades cinegéticas (caza), los siervos y esclavos realizaban tareas muy variadas. Las mujeres los trabajos de la casa y la atención a la domina y familia. Las labores de los hombres se diversi­ficaban según las fechas del año: atención a los hornos para hacer cerámica, tejas, ladrillos, cuidado de animales (gallinas, vacas, ovejas, etc.) y limpieza de cuadras; siembra y recolección de productos agrícolas (trigo, olivo y vid), así como su transformación y almacenamiento. De este modo, las villas lusitanas cuentan con almazaras y lagares, para la consecución de aceite y vino, y bodegas donde almacenarlos, así como horrea para conservar el grano.

LAS VILLAS

Implantada en el medio rural, la villa, es un modelo arquitectónico, donde se combina el otium (ocio) del propietario y de su familia y la vertiente productiva, basada en el rendimiento agropecuario, orientada esencialmente a la autosufi­ciencia, y a la comercialización de los excedentes. Era la zona de residencia, temporal o permanente, de varias decenas de personas que mantenían algún tipo de lazo de dependencia con el dominus.

La villa formaba parte del ideario de vida del ciudadano romano. La gran oligarquía, y cualquier ciudadano anónimo, aspiraban a tener una villa. Lugar de representación y prestigio que caracterizaba el paisaje rural, la “ciudad en el campo”. Sobre este modelo pivotaba el espacio agrario. Se erigían, buscando buenos accesos, en las inmediaciones de las redes viarias más relevantes. Para los propietarios era trascendental la elección del terreno. Optaban por bellos paisajes en las tierras más fértiles, junto a cursos de agua o del mar, o en una zona que ofreciese grandes recursos naturales. La designación del sitio, atendiendo a la tradición, implicaba también la práctica de rituales que buscaban el favor de los espíritus del lugar elegido.

La residencia señorial, seguía un programa arquitectónico y decorativo variado más o menos elaborado, plasmando un patrón en el que concurrían: áreas columnadas, bajorrelieves, estucos pintados, pavimentos musivarios, y esculturas. Con el transcurrir de los años unas se arruinaron y otras se transformaron, asumiendo en algunos casos funciones religiosas (ermitas). Sin embargo, el arquetipo de este legado de civilización romana perduró en el paisaje rural de Lusitania hasta nuestros días.

*Textos tomados de la exposición temporal Lusitania Romana. Origen de dos Pueblos, comisariada por J. M. Álvarez, Antonio Carvalho y C. Fabiao.